Estaba bajo un árbol enorme. El tronco nudoso, maciso y bajo; la copa un techo amplio y transparente, que desbordaba una furia verde de hojas, pero que dejaba pasar tibios y limpios los rayos del sol.
Y en cada una de las ramas como brazos abundaban las mariposas, también verdes, etéreas, que revoloteaban por todas partes cortando el aire, presumiendo sus alas y su suerte de volar. Tenían todavía encima rastros del capullo que las había refugiado durante su metamorfosis.
Y desde el tronco me miraban tímidas las orugas que esperaban su momento de suerte, y me recordaban que así, sin elegancia y atadas a su suelo, eran necesarias y anteriores.